Donna Strickland: la tercera mujer en obtener el Nobel de Física

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Texto de Jason McBride publicado en The Guardian el 20 de octubre de 2018.

La profesora canadiense es la tercera mujer ganadora del premio de Física en sus 118 años de historia, pero no se siente sorprendida por el enfoque en su género.

Cuando ganas un premio Nobel, puedes esperar un poco de atención. Cuando eres mujer y ganas el premio en Física, como lo hizo la profesora canadiense Donna Strickland a principios de este mes, puedes esperar que el nivel de atención sea abrumador.

Un día después del anuncio, casi todas las personas que Strickland conocía, y varias otras que desconocía, incluido Justin Trudeau, el primer ministro de Canadá, llamaron o enviaron un correo electrónico con felicitaciones. Un día después de eso, su bandeja de entrada se desbordó con miles de mensajes más. Las solicitudes de entrevista fueron igualmente incesantes. Strickland espera estar viajando sin parar, hablando en escuelas y organizaciones científicas sobre su trabajo, durante los próximos dos o tres años. Para una autodenominada reclusa, el frenesí fue demasiado. “Hace dos o tres semanas, era un ser humano común y corriente, y ahora no lo soy”, dice con una sonrisa.

Ser un “humano común” es característico de la autocrítica de Strickland. Mucho antes de que se le otorgara el honor del Nobel, esta mujer de 59 años fue considerada una de las pioneras de la Física láser más importantes del mundo. La investigación que reconoció el comité del Nobel se publicó en 1985, cuando Strickland era todavía un estudiante de doctorado en la Universidad de Rochester en el estado de Nueva York. Junto con su supervisor y mentor, Gérard Mourou (con quien compartió el Nobel), Strickland descubrió una manera de generar pulsos de láser ultracortos de alta intensidad sin destruir el material que los amplificaba. La idea fue de Mourou, pero “tuve que hacer que funcionara”, comenta ella.

Su técnica revolucionaria, llamada amplificación de pulso gorjeado (CPA en inglés), condujo a la creación de pequeños láseres increíblemente potentes que ahora se utilizan en la cirugía ocular correctiva, el mecanizado industrial y la imagenología médica. (Arthur Ashkin, un científico estadounidense, también recibió el premio de Física este año por el desarrollo de “pinzas ópticas”, que utilizan luz para manipular objetos pequeños).

Antes de su premio Nobel, el tiempo de Strickland se dividía entre el aula y el laboratorio, pero este día, a mediados de octubre, estamos sentados en la oficina del rector de la universidad, más soleada y amigable para las entrevistas. Lleva un apropiado pantalón negro y zapatos negros de una académica de toda la vida, una camisa con un patrón similar a Burberry (no es Burberry: “Nunca gastaría dinero en eso” y gafas gruesas (se niega a hacerse la cirugía correctiva que su trabajo hizo posible: “Tengo una gran fe en los láseres, pero nadie está poniendo uno cerca de mi ojo”). Ríe mucho, habla rápido y siempre es amable, incluso se disculpa por tomar café durante nuestra charla. Cuando habla de los láseres, lo hace con la emoción y el afecto que la mayoría de las personas reserva para sus mascotas.

El asunto del género

Strickland es apenas la tercera mujer en ganar el Nobel de Física. La primera fue Marie Curie, en 1903; la segunda fue la Físico estadounidense nacida en Alemania Maria Goeppert-Mayer, que lo ganó en 1963. El hecho de que las científicas sean ignoradas por el comité del Nobel, junto con los estudios que muestran que las mujeres en STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, en inglés) padecen más discriminación, garantizó que gran parte de la discusión sobre el premio de Strickland se refiriera al género.

Las noticias llamaron la atención sobre el hecho de que, a pesar de haber recibido numerosos elogios antes de su premio Nobel, Strickland no fue considerada digna de una página de Wikipedia hasta este mes (un moderador negó un intento de crear un perfil para ella en marzo). También se destacó el hecho de que ella seguía siendo profesora asociada en la Universidad de Waterloo en Ontario, en lugar de una profesora de tiempo completo. Tampoco ayudó que, en septiembre, el físico italiano Alessandro Strumia diera una conferencia en el CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear, en la que dijo que ahora los hombres estaban siendo discriminados por su género y que la Física fue “inventada y construida por hombres”. (Luego de eso el CERN lo suspendió).

Strickland se sorprendió por el enfoque en el género. “Sé que en este momento hay mucho esfuerzo puesto en la equidad, la diversidad y la inclusión”, dice. “Consideramos eso en nuestras prácticas de contratación y me he sentado en muchos comités. Estuve en la junta de la Asociación Canadiense de Físicos y realmente discutimos, como junta, cómo incorporar estas ideas; por lo tanto, estoy al tanto del clima. Pero no me veo como una mujer en la ciencia. Me veo como una científica. No pensé que esa sería la gran historia. Pensé que la gran historia sería la ciencia”.

Enfocada en la ciencia

El enfoque de Strickland siempre ha sido la ciencia. Nació en Guelph, Ontario, una ciudad universitaria a cerca de una hora en automóvil de Toronto. Su padre era ingeniero eléctrico y su madre era profesora de inglés. Según cuenta su familia, cuando Strickland era niña, hicieron un viaje al recientemente inaugurado Centro de Ciencias de Ontario. Su padre le mostró el gran láser del museo y le dijo: “Te gustará ver esto. Los láseres son el camino al futuro”. Strickland apenas recuerda el viaje, pero evidentemente algo se le grabó. Más tarde, cuando se matriculó como estudiante en la Universidad McMaster en Hamilton, Ontario, se dividió entre la Ingeniería Eléctrica (mucho trabajo) y la Física (más diversión). Afortunadamente, McMaster ofrecía un programa híbrido (Física de Ingeniería) para que no tuviera que elegir. Mejor aún, la electroóptica y los láseres era un área de estudio dentro del curso. “Yo estaba como: ‘Oh, Dios mío, eso suena genial’”, dice Strickland.

Cuando ingresó en la escuela de posgrado, el programa espacial canadiense estaba recién comenzando y su padre a menudo le preguntaba si quería ser astronauta. No, dijo ella, era claustrofóbica y temía a las alturas: ir al espacio sonaba como una pesadilla. Todo lo que quería hacer era quedarse en la escuela. Era buena en eso, especialmente en Matemáticas y ciencias. Cuando alguien le dijo que un doctorado era “lo mejor en la escuela”, ese grado se convirtió en su ambición. A pesar de pasar años al borde de la academia después de Rochester, nunca abandonó la escuela. En 1997, fue contratada por Waterloo, donde ahora dirige el grupo de láser ultrarrápido, cuyo objetivo es, básicamente, crear láseres que las personas nunca han visto antes.

Y de nuevo, el asunto del género

Desde su primera conferencia de prensa del Nobel, Strickland ha insistido en que ella ha sido tratada como una igual en toda su carrera; siempre le han pagado igual que a sus colegas masculinos, siempre se le han dado las mismas oportunidades. Su premio Nobel es un símbolo de progreso, dice. Sin embargo, se ha encontrado con hombres que comparten la fragilidad defensiva demostrada por Strumia en su conferencia del CERN. En una ocasión, durante sus años de licenciatura, un estudiante al que superó en una clase de matemática aplicada notoriamente dura estaba tan furioso que la amenazó con golpearla. Strickland se sorprendió, pero también se deleitó interiormente: “Todo lo que pude pensar fue: ‘La chica te golpeó. Te pegó feo”.

Un obstáculo importante para las mujeres que Strickland destaca es el “problema de los dos cuerpos”. Dado que los hombres superan en número a las mujeres en la Física, las mujeres heterosexuales que quieren casarse tienen una opción mucho más amplia entre sus colegas que los hombres heterosexuales. Sin embargo, si se casan con un compañero Físico, resulta casi imposible para la pareja encontrar empleos universitarios a largo plazo al mismo tiempo, debido a la relativa escasez de roles académicos. Casi siempre, la carrera de una esposa se subordina a la de su esposo, lo cual es otra razón para el menor número de mujeres en la ciencia.

Strickland conoció a su futuro esposo, el ingeniero eléctrico y científico Doug Dykaar, en la universidad. (Tienen dos hijos en edad universitaria: un hijo que está estudiando comedia y una hija que está haciendo un trabajo de posgrado en astrofísica). En los años posteriores a su matrimonio, Dykaar pudo ser contratado en las universidades, pero nunca hubo un puesto adicional disponible para Strickland. Esa situación se invirtió cuando Strickland fue contratada por Waterloo y Dykaar dejó la academia para ir a la industria. “De vez en cuando, dice: ‘¿Cuándo es mi turno?’”, comenta Strickland, riendo. “Pero tengo un cargo, Doug, así que, cuando sea tu turno, asegúrate de que sea realmente seguro para nosotros viajar [a otra escuela]”. (Ella es profesora titular de tiempo completo. La única razón por la que no tiene el título de profesora “de tiempo completo” se debe a que no ha solicitado el ascenso. El presidente de la universidad ha dicho que, si quisiera hacerlo, su CV sólo debería tener una línea: “Premio Nobel de Física, 2018”.)

Strickland preferiría hablar más de ciencia que de cuestiones de género. Cuando le pido que describa algo de la investigación que ha realizado, que es tan novedosa como el CPA, se lanza a una improvisada conferencia de 10 minutos sobre un par de experimentos. Yo no he estudiado Física 30 años, así que, aunque estoy más o menos familiarizado con las palabras que usa (forma de onda, luz, color, intensidad, pulso), el uso y la combinación que hace de ellas es desconcertante. No obstante, es paciente, y su explicación es casi vertiginosa: sus ojos se iluminan, su sonrisa nunca decae. Ella dice que su trabajo es transmitir su entusiasmo por los láseres a sus estudiantes; y en estos pocos minutos, siento un poco esa emoción.

Strickland claramente extraña el aula. Lamenta que, con todos los desvaríos del Nobel, pueda pasar sólo una hora al día en su laboratorio, checando a su grupo. “Estoy haciendo mi mejor esfuerzo para no abandonarlos”, dice. Y regresará allí, eventualmente. Mientras tanto, hay más entrevistas, más sesiones de fotos, más charlas. Tiene que ir a comprar vestidos de noche, tres para ella y para su hija, y su hermana. Hay muchos eventos durante la semana Nobel en diciembre: bailes, conferencias, conciertos, cenas, un encuentro con la familia real sueca. “Le pedí consejo a un par de otros premios Nobel», dice Strickland. “Todos dicen lo mismo: Tómate tu tiempo. Sólo puedes hacer eso’”.

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